21 de octubre de 2013

Blue Jasmine


Ganadores y perdedores
Mauricio Montenegro

En 1951, Elia Kazan dirigió la inolvidable versión para el cine de Un tranvía llamado deseo, la obra que Tennessee Williams escribió tres años atrás. En la película, Vivien Leigh (entonces de 38 años) hizo el indiscutible papel de su vida: Blanche Dubois, por el que ganó el Oscar a mejor actriz y su consagración definitiva como una de las grandes actrices de la historia del cine. De hecho, este fue su segundo Oscar como mejor actriz, un honor compartido únicamente con Ingrid Bergman y Meryl Streep. A sus 26 años Leigh ya había interpretado a Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, otro clásico. 

Ahora, en 2013, Cate Blanchett (a sus 44 años) tiene grandes posibilidades de llevarse su primer Oscar por un papel protagónico. Blanchett ya ha sido nominada dos veces, y no precisamente por sus mejores papeles; estoy pensando en I’m not there, Veronica Guerin o Notes on a scandal, para nombrar sólo tres. Lo interesante es que ganaría el premio gracias a su interpretación de una moderna Blanche Dubois: Jasmine French. Medio siglo después de Kazan, el incansable talento narrativo de Woody Allen imaginó una historia sobre la crisis financiera de Wall Street en 2008, Blue Jasmine, dibujada sobre el guion de Un tranvía llamado deseo. Y, desde ya, es también un clásico. 

Un tranvía llamado deseo cuenta la historia de Blanche Dubois, una mujer de mediana edad que cree conservar el encanto de su juventud y llega sin razones muy claras a hospedarse por un tiempo en casa de su hermana Stella, en New Orleans. Blanche proviene de una imponente hacienda del Mississippi, y se comporta de hecho como una aristócrata sureña que pasa por un mal momento; sus contadores le han jugado una mala pasada, dice. Pronto nos enteramos de que en realidad había estado trabajando como profesora en una escuela de la que fue despedida por seducir a un estudiante de 17 años, al tiempo que su matrimonio de deshacía con el descubrimiento del affaire homosexual de su exmarido y ella había entrado en una crisis depresiva. Es su lento camino hacía la locura lo que constituye un reto y un gran logro para la actuación de Vivien Leigh. 

Blue Jasmine, por su parte, cuenta la historia de Jasmine French (un nombre falso, impostado), otra mujer de mediana edad recientemente engañada por su exmarido y también, como Blanche, quebrada y deprimida. Jasmine, que vivió por años en un penthouse de Park Avenue en Nueva York, se ve obligada a hospedarse en casa de su hermana, Ginger, quien vive en un pequeño apartamento de San Francisco con sus dos hijos. Para Jasmine, como para Blanche, es insoportable el estilo de vida de su hermana, y en particular su novio, Chili (quien viene a reemplazar al Stanley Kowalski de la película de Kazan, personificado por Marlon Brando en su mejor momento), al que considera un patán y sobre todo un perdedor. 

Y es sobre esto en particular, me parece, que gira la historia de Blue Jasmine, sobre la fuerte tensión entre “ganadores” y “perdedores” de la sociedad estadounidense (o de cualquier otra, si a eso vamos). Aquí es en donde se distancia fundamentalmente de la historia original de Tennessee Williams, tal vez mucho más oscura: el pasado aristocrático de Blanche no es más que una pretensión; Jasmine, en cambio, llegó a hacer parte de los más ricos entre los ricos, los ganadores por excelencia del sueño americano, con su casa de campo en los Hamptons, su hijo adoptivo brillando en Harvard, la organización de cenas de beneficencia ocupando sus días. Todo su dinero, sin embargo, era producto de los enormes desfalcos financieros gestados en Wall Street por personas como su exmarido, Hal, mientras Jasmine fingía no entender qué sucedía: “¿Qué voy a saber yo de finanzas?” dice más de una vez, con una triste falta de convicción, como de algún modo todos hacemos cuando se hacen notar los efectos de nuestra irresponsabilidad como ciudadanos: “¿Qué voy a saber yo de política?”. 

Jasmine se sabe una ganadora y nunca abandona su pretensión. Pareciera que no hay en ella nada más que eso, que sin esa suficiencia de ganadora no quedaría nada: una mujer sin intereses personales, sin ninguna pasión, sin ningún gusto. Los perdedores, por su parte, encarnados por Ginger, Chili y Augie (el exesposo de Ginger), parecen personas mucho más complejas, apasionadas, que aman y odian con las entrañas y no calculan, como Jasmine, cada mínimo gesto para ajustarlo a sus planes. Por eso son los perdedores, como Jasmine no deja de recalcar en toda la película: les falta ambición, voluntad, están demasiado apegados a sus pequeños placeres cotidianos. 

Más de una vez insiste Ginger en que Jasmine tiene "mejores genes" que ella. En un momento, Jasmine se harta de oír lo que entiende como una justificación fácil y pretende darle una lección a Ginger: no se trata de los genes, dice, ni de la herencia, sino de la voluntad, del amor por sí mismo. El salmo neoliberal por excelencia. 

El conflicto de clases, bajo esta fórmula de los ganadores y los perdedores, siempre ha estado presente en las obsesiones de Allen. Muchas de sus historias, de un modo más o menos explícito, han abordado esta cuestión; y son de hecho algunas de las mejores: Broadway Danny Rose (1984), Crimes and misdemeanors (1989), Match Point (2005). En Blue Jasmine, el conflicto se exacerba: no sólo se trata de la abismal diferencia entre la fortuna de Hal y Jasmine y los modestos ingresos de trabajadores temporales de Ginger, Augie y Chili. Allen se asegura de llevar la parábola de ganadores y perdedores al extremo, de modo que Hal (y, por extensión, Jasmine) embaucan a Ginger y Augie y les hacen perder 200 mil dólares que Augie pensaba emplear en un negocio propio que lo instalara de una vez en la clase media. 

Esta cruel vuelta de tuerca tiene un desenlace simétrico, como suele suceder en los guiones de Allen. Augie, quebrado y separado de Ginger, se ve obligado a trabajar en un pozo petrolero en Alaska; un día, en San Francisco, se cruza en la calle con Jasmine y ese encuentro significa el fin de la última esperanza de Jasmine por escapar a la miseria y la locura. Augie será, sin saberlo, su verdugo. Esta es la expresión de otra de las largas obsesiones de Allen: los azarosos caminos de lo que entendemos por justicia. 

De hecho, los principales temas de la consistente (aunque a veces errática o experimental) obra de Allen están presentes en Blue Jasmine: dos hermanas con destinos y caracteres opuestos, la infidelidad (lo íntimo) que desencadena la tragedia (lo público), la pregunta por la justicia y el azar, la locura como refugio. Como en los clásicos griegos, que han influido tanto en su manera de contar historias, Allen sigue de cerca el trágico destino de su heroína, casi con conmiseración, mientras que el coro compuesto por los demás personajes actúa como la voz de su conciencia: "nos abandonaste cuando te necesitamos, Jasmine; miraste siempre hacia otro lado, pagarás las consecuencias de tus actos". 

De modo que Jasmine deriva lentamente hacia la locura, como Blanche Dubois, como Vivien Leigh, y se queda tan absolutamente sola que acude a desconocidos para contar su historia: es así como abre y como cierra la película (de nuevo, la simetría pasmosa de los guiones de Allen), con Jasmine intentando conversar con un completo desconocido, un poco como en la línea más famosa de Blanche Dubois en Un tranvía llamado deseo: "Siempre dependí de la amabilidad de los extraños".

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